Un ejemplo en el supermercado
Carrito lleno, fila eterna, súplica por galletas y llanto que crece. Antes respondías con prisa y tono duro; hoy, tocas el carrito, respiras, te agachas para mirar a los ojos y nombras la emoción: entiendo que quieres esas galletas, duele esperar. Sin prometer compras, ofreces elección acotada y un plan para casa. La tormenta baja un nivel; tal vez no perfecto, pero sin incendio añadido.